Por el Dr. Harrisson Ernest
30 de noviembre de 2025
Desde hace varios días, las críticas contra los diplomáticos estadounidenses y canadienses se multiplican en el espacio público haitiano. Se les acusa de inmiscuirse en el debate nacional, de comentar sobre la inseguridad o incluso de influir en las relaciones de poder entre los grupos armados y los actores políticos. Sin embargo, estas declaraciones no son más que el eco directo de lo que periodistas, editorialistas y animadores de programas de opinión repiten diariamente: la política haitiana está minada por relaciones opacas entre dirigentes, empresarios, funcionarios electos y bandas armadas.
Entonces, ¿por qué lo que se tolera —e incluso se aplaude— cuando lo dice un periodista haitiano se convierte de repente en “injerencia”, “complot” o “provocación” cuando un diplomático extranjero expresa exactamente lo mismo?
- La violencia verbal es moneda corriente en Puerto Príncipe, no en Washington ni en Ottawa
La acusación de colusión con las bandas armadas se ha convertido en Haití en una retórica estándar, un reflejo pavloviano del debate político.
No requiere investigación judicial ni pruebas documentadas: la sospecha basta.
La palabra “gang” se ha convertido en una herramienta de:
descalificación política inmediata
destrucción de reputación
bloqueo del debate contradictorio
fabricación de enemigos públicos
confrontación permanente
Esta lógica se impuso primero en los estudios de radio, luego en los talk-shows de Facebook, los lives de YouTube, y más tarde contaminó TikTok… hasta llegar al terreno diplomático.
Las cancillerías no han inventado nada: simplemente hablan el idioma dominante de Haití —el idioma de la sospecha y el descrédito.
- Cuando la palabra diplomática reproduce el eco de los medios locales
Desafortunadamente, la mayoría de los mediocres con micrófono no entienden que las embajadas de Estados Unidos y Canadá se basan principalmente en tres fuentes para analizar la situación haitiana:
informes de organismos internacionales
servicios de inteligencia diplomática
prensa y opinión pública haitiana
Al comentar la crisis, con frecuencia sólo retoma un discurso ya instalado por los intelectuales, periodistas y militantes haitianos.
Pero este simple efecto espejo genera incomodidad: escuchar al extranjero repetir lo que uno mismo afirma entre compatriotas es profundamente perturbador.
Ahí reside un claro paradoxo:
Lo que es legítimo como diagnóstico interno se vuelve ilegítimo una vez devuelto desde el exterior.
- Un reflejo de soberanía herida
Si las palabras de los diplomáticos hieren más que las de los periodistas locales, es porque despiertan una cuestión sensible:
¿Quién tiene el derecho de nombrar nuestras desviaciones?
El periodista haitiano habla desde dentro → crítica familiar.
El diplomático habla desde afuera → crítica percibida como condena.
Cuando Washington y Ottawa evocan la colusión político-criminal, ya no se trata solo de una observación: es una posible acusación internacional.
La palabra diplomática pesa, incluso cuando simplemente repite lo que ya se dice en Haití.
- Un país sin árbitro, donde cada palabra se convierte en proyectil
La ausencia de justicia, investigaciones creíbles y transparencia institucional deja el campo libre a la palabra sin control y a la proliferación de analfabetos funcionales con micrófonos:
El rumor reemplaza la prueba.
La acusación reemplaza el procedimiento.
En este entorno, cada declaración —sobre todo cuando proviene del extranjero— se convierte en un acto político.
Tres observaciones evidentes traducen esta sensibilidad haitiana:
Cuando el periodista haitiano es la fuente de la acusación: libertad de análisis y denuncia social → percepción local.
Cuando una tribuna libre es la fuente: espectáculo verbal y normalización de la sospecha → percepción local.
Cuando el diplomático extranjero es la fuente: injerencia, humillación y amenaza a la soberanía → percepción local.
Así, es fácil concluir que el contenido del discurso no cambia; solo cambia el locutor. Y eso basta para desencadenar la reacción.
Sin duda, los ataques verbales contra los diplomáticos norteamericanos revelan un mecanismo profundo:
Haití acepta escuchar su verdad mientras permanezca domesticada.
Pero cuando esa misma verdad regresa desde el exterior, se vuelve insoportable, casi subversiva.
No porque sea falsa, sino porque avergüenza.
En otras palabras:
No son las palabras de los diplomáticos las que molestan,
sino el espejo que reflejan las palabras de los propios haitianos.
Y si los haitianos decidieron más bien tomar conciencia, dejar de mentirse mutuamente, dejar de acusar sin fundamento y de mancillar la imagen del país, ¿no proyectará entonces el extranjero un espejo más positivo de nuestra sociedad?
— Dr. Harrisson Ernest
Analista político – Gobernanza, seguridad e identidad de la diáspora haitiana
Especialista en cuestiones políticas haitianas
Médico, psiquiatra, comunicador social y jurista
📩 harrisson2ernest@gmail.com
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